El pasado sábado 10 de junio un buen número de amigos del Grupo Alborada (de la Familia Pavoniana de Cáceres) tuvimos la gran oportunidad de acercarnos al Cottolengo del Padre Alegre, un lugar en el que unos 40 personas con diferentes discapacidades físicas y psíquicas (la mayoría bastante severas) conviven con 4 religiosas a diario, compartiendo entre todos trabajos, inquietudes, problemas y mucho, mucho amor, como si de una gran familia numerosas se tratase.
Este Centro situado, además, en un lugar privilegiado por la belleza de su paisaje, es un encuentro con Dios, porque, tras sus puertas y las sonrisas de todos los que allí viven, se respira mucha fe y mucho cariño.
La madre superiora que nos acogió y nos acompañó durante la visita a las instalaciones, nos contó la historia de la fundación de este hermoso lugar, una historia sin duda cargada de una gran dosis de valentía y muchos ratos de oración.

Nos explicó también que la providencia es su medio de vida, no aceptando ningún tipo de subvenciones o aportaciones económicas fijas, por lo que esto les da una libertad enorme, ya que sólo dependen de Dios y del corazón bueno y generoso de algunas personas, asegurando que nunca les ha faltado lo básico para vivir y seguir adelante.
Sin duda, un precioso testimonio de fe que tuvimos el lujo de escuchar de la voz de una religiosa que ha entregado su vida, su tiempo y su ilusión para cuidar de unas personas que, a pesar de sus muchas limitaciones y enfermedades, están llenas de vida y esperanza.
Así, el Cottolengo del Padre Alegre no es una simple residencia, ni tampoco un hospital, sino que es una auténtica familia donde colaboran todos: los más fuertes y capaces ayudan a los más débiles, como verdaderos hermanos.
Quizás estas personas avergüenzan a la sociedad mediante su verdad y su propia realidad, pues sus gestos son torpes y sus sillas de ruedas les recuerdan continuamente que no podrán volver a caminar, pero detrás de todas sus limitaciones, yo pude observar una gran sonrisa y esperanza en sus rostros y muchas ganas de amar y sentirse amados.
Al fin y al cabo, las palabras de José de Cottolengo que adornan la entrada a este hermoso lugar lo deja bien claro: “Para mí todo el mundo se reduce a amar a Dios y a los pobrecitos por amor de Dios, pero con amor de obras, no de palabras”.
Blanca
Familia Pavoniana de Cáceres



