Convivencia Cuaresma 2026

En estos días observamos con preocupación las noticias que nos presentan un mundo convulso, lleno de enfrentamientos, odios y conflictos que se manifiestan en varias guerras, en las que sólo vemos dolor y sufrimiento. A menudo sentimos que, desde la lejanía de nuestros hogares, lo único que podemos hacer es rezar, con un sentimiento de impotencia y distancia, percibiendo esos conflictos como realidades ajenas a nuestro control.

Y nos surge inevitablemente la pregunta: ¿dónde estarán las manos de Dios?, ¿por qué permite tanta angustia y sufrimiento? Sin embargo, la respuesta de Dios a ese clamor es un reclamo directo a nuestro corazón: «las manos de Dios somos tú y yo». Aunque vivamos lejos de los frentes de batalla, nuestras manos tienen la misión de luchar por un mundo más humano y justo en el lugar donde nos encontramos. La paz no es sólo la ausencia de guerra en países distantes; es una construcción diaria que comienza con nuestras propias manos cuando decidimos «echar sal a la vida» y «encender la luz» en medio de la oscuridad de nuestro entorno.

Sin embargo, debemos reconocer con humildad que, a veces, nuestras manos también causan daño o se vuelven cómplices del mal, al mantener nuestros puños cerrados por la rabia, o cuando las hemos usado para señalar a los demás y criticar. También la indiferencia es otra forma de guerra; nos cruzamos de brazos por pereza o cerramos puertas para no escuchar, retirando la mano a quien más la necesita. Al final, la falta de paciencia y la incomprensión en nuestra vida cotidiana son semillas de discordia que oscurecen la luz que estamos llamados a proyectar y que nuestras manos pueden ayudar a erradicar.

Pero en este camino hacia la paz no estamos solos, ya que nos inspiran las manos santas de quienes nos precedieron. Damos gracias por las manos de hombres y mujeres que, como San Ludovico Pavoni, supieron imitar las manos de Jesús para acariciar, cuidar y brindar cercanía. Sus manos, abiertas a los pobres y enfermos, nos muestran el camino para construir una verdadera humanidad. Ellos nos enseñaron que nuestras manos están hechas para unir, acoger, proteger y servir.

Por eso, aunque las guerras actuales nos parezcan lejanas, el bien que podemos hacer está al alcance de todos nosotros, ya que Dios nos ha regalado a cada uno un trocito de mundo del que somos responsables y donde podemos usar nuestras manos para acompañar con ternura, ofrecer escucha, dar alegría y trabajar por la dignidad de los más necesitados.

No debemos esperar a mañana para actuar; si deseamos apretar una mano o compartir una alegría, debemos hacerlo hoy, llenando de amor los corazones, en lugar de flores las tumbas.

Atrevámonos a usar nuestras manos para lo que fueron hechas: para dar amor y alcanzar las estrellas con nuestros sueños e ilusiones y, sólo así, cada gesto de servicio será nuestra oración más sincera por la paz del mundo.

Porque pensemos que, al final de nuestros días, cuando nos encontremos cara a cara con Dios y nos pida que le enseñemos nuestras manos abiertas… ¿qué le mostraremos?

Aún estamos a tiempo de llenarlas de entrega, cariño y esperanza para ofrecerlas abiertas y acogedoras a nuestros hermanos, que tanto esperan de nosotros una caricia, un abrazo y una bendición.

Carteles

Blanca Murillo  – Familia Pavoniana (Cáceres)