Encuentro Misionero

Mi nombre es Ana y pertenezco al grupo Alborada y soy miembro de la Familia Pavoniana, de la congregación de los Hijos de María Inmaculada que tiene su casa en la Plaza de la Concepción n.º 12 y a la que pertenezco desde hace 21 años. Nuestro carisma es trabajar con los jóvenes pobres y abandonados. En Cáceres hace unos años decidimos trabajar con la gente de la calle, con personas sin lazos familiares y sociales. Abrimos para ellos el Centro Hogar Ludovico Pavoni, donde tres veces a la semana compartimos con estas personas café, charla, cariño y mucha escucha.

Junto a otra amiga Blanca y animadas por Pedro Jesús, decidimos participar en el encuentro de Jóvenes Misioneros que tuvo lugar en El Escorial, en Madrid. Allí sin duda el Espíritu Santo nos infundió un nuevo soplo, fresco y dinámico que nos impulsó a pesar de ser ya jóvenes de mediana edad a buscar una experiencia fuera de nuestra Diócesis. A ser testimonio para los nuestros de que aquí o allí hay que abandonar nuestras zonas de confort, aquí o allí hay que dar lo mejor de nosotros, hay que abrir caminos para que otros nos sigan.
En la búsqueda de hacia dónde ir aquel verano. En el que nos resultó difícil encontrar, sobre todo por la edad. Tetuán se cruzó en nuestras vidas para siempre.

Marruecos está a tan solo 8 Km de la Ciudad de Ceuta, nos separa una larga frontera, con sus muros altos, acabados en las famosas concertinas que tantas heridas han causado en los hermanos que tratan de cruzar hacia la tierra prometida que les mostramos a través de un mundo más virtual y cada vez menos real y humano.
Aquella frontera si era real y más cruda que por la TV, la cruzamos a pie y fuimos 4 privilegiados porque aquello es para sentirlo “hay que quitarse las sandalias ante la tierra sagrada del otro”, vivir lo que el otro vive.
Entramos llenos de prejuicios, con miedo en el cuerpo. Otro país, otra cultura, otro idioma, otra vestimenta, otra religión, la yijah, los terroristas y un largo etc. rondaban nuestras cabezas. Además íbamos sobrados de verdad, razón y superioridad.

Nuestro trabajo era con niños en riesgo de exclusión social en la Medina, con inmigrantes del resto de África en el centro español Lerchundi y con niños paralíticos, síndrome down, hidrocefalia y parálisis cerebral. Con estos últimos estuve yo.
Yo no sé árabe y mi francés era escasísimo y casi todos los días me preguntaba por qué me habían tocado estos últimos. No soy fisioterapeuta, ni médico y llevaba miedo de que me pusieran con ellos y así fue. El primer día hice de todo menos tocarlos. Hasta que vi unos ojos mirándome y una sonrisa. Y me dije allá voy. Pedí fuerza al Señor y él me la dio. Describir lo que sentí al tocar aquellos cuerpecitos llenos de deformaciones aún me cuesta. Nunca podré olvidar sus caras. Nunca volveré a mirar para otro lado. Descubrir la belleza y el amor en ellos es algo que hay que vivir.

Mi homenaje en este relato vaya por las madres que recorrían kilómetros para llevarnos a sus hijos, los olvidados de Marruecos, nadie los mira, nadie los besa. Son una maldición para la mayoría, pero no para sus madres que los adoran. Los cargan encima sin sillas, sin pañales… un día y otro. Son madres coraje que han abrazado su cruz. Madres que los besan, limpian, abrazan, interpretan sus quejidos llantos, sus miradas porque solo desde el lenguaje del amor se comprende. Madres que si mueren, sus hijos no las sobreviven porque nadie los cuidan. Pero que si Dios se los lleva al cielo, ellas los lloran pero lo agradecen.
Madres que con el lenguaje del amor y de la sonrisa en sus caras y sin saber idiomas, cada día se marchaban con un chucran (gracias) y un abrazo. Y todo por el privilegio de dar amor y cuidados.

Agradezco al Señor esta experiencia y a los Hnos. y Madres blancos especialmente a Óscar e Inmaculada que recién llegada de África tras 50 años de servicio se embarcaron con una docena de jóvenes y a Milagros que resultó ser más que una cocinera.
A los jóvenes con los que estuve mi cariño y agradecimiento porque existe una juventud que está sedienta de Dios que lo buscan y lo llevan consigo y no lo saben. Una juventud maravillosa que no sale en los telediarios y que se marchan verano tras verano a experiencias de este tipo y que además agradecen tu tiempo, tus años y tu acompañamiento.
Por último volvimos a cruzar la frontera y a pie, pero esta vez pidiendo perdón y con vergüenza a un grupo de personas que esperaban para cruzarla muchas horas y todo porque la policía nos obligaba a pasar delante de ellos simplemente por haber nacido solo 8 kms. más allá.

Ana
Familia Pavoniana de Cáceres