Dicen que cuando visitas un sitio por primera vez te envuelve siempre un halo de misterio y sorpresa que te atrapa si te ha gustado ese lugar, y cuando regresas las siguientes veces, el recuerdo de aquella primera vez hace que te vayas enamorando poco a poco hasta transformarlo en un lugar mágico en tu recuerdo y en tu corazón.

Estos mismos sentimientos son los que se cruzan en mi mente cada vez que visito el Cottolengo del Padre Alegre, una residencia en la comarca de las Hurdes en el que conviven como una gran familia un buen número de personas disminuidas físicas y psíquicas con varias religiosas que les cuidan y protegen a diario, regalándoles su tiempo, su amor y su gran generosidad.

Este Centro situado, además, en un lugar privilegiado por la belleza de su paisaje, es un encuentro con Dios porque, tras sus puertas y las sonrisas de todos los que allí viven, se respira mucha fe y mucho cariño.

Hace unos pocos días un buen número de amigos del Grupo Alborada quisimos acercarnos de nuevo a visitarles, para compartir con ellos nuestra música y alegría, y un poco de ayuda económica y material.

El tiempo que pudimos estar allí con ellos fue breve, pero realmente muy intenso y cargado de emociones, las cuales se dejaban notar muy presentes en las sonrisas emocionadas de las “buenas hijas” (como les gusta llamar las religiosas a estos enfermos), cuando escuchaban nuestras canciones e intentaban tocar las palmas o emitir un pequeño y sacrificado baile con sus limitados movimientos.

“Vuestra presencia y vuestra música ha sido una medicina para nuestra alma”, así lo definía una de las mujeres que con tanto cariño nos escuchaba. Antes de despedirnos, y al acercarnos a cada una de sus sillas de ruedas, se multiplicaban los abrazos y los besos y en algún rostro pude percibir también más de una lágrima de emoción.

Al marcharnos comprendí que, en realidad, ¿qué importa si ellos no pueden andar, si tienen un cuerpo deforme o sus historias no son escuchadas por todos, si yo he descubierto en sus miradas un brillo de luz y de auténtica alegría, si les he visto sonreír y he comprendido que sus sonrisas eran sinceras?

Quizás en estas personas un apretón de manos, un abrazo o una mirada cómplice cobran aún más significado, porque para ellos es un regalo grande que quedará grabado en sus corazones ayudándoles a sanar sus heridas de soledad y tristeza.

Ahora sólo falta poner obras a las palabras, pasar a la acción y transmitir a nuestro alrededor toda la fe y los buenos sentimientos que a todos nosotros, en mayor o menor medida, nos ha aportado esta visita.

También esta jornada nos sirvió a todos nosotros para unirnos más en la amistad, pues el paseo por el pueblo, la comida compartida juntos y las anécdotas vividas durante ese día, nos sirvió de estupenda convivencia para charlar de forma pausada entre nosotros y conocernos mejor.

Y es que, cuando se une una fe compartida y vivida en comunidad y la alegría de disfrutar del tiempo con buenos amigos, “el riesgo” que se corre es el de volver a casa cansados, pero felices de haber disfrutado de una jornada difícil de olvidar y digna de ser enmarcada en un lugar especial del recuerdo y del corazón.

Blanca Murillo
Familia Pavoniana de Cáceres