Cuando ya todos nos vemos envueltos en la vorágine de la rutina diaria que envuelve nuestros quehaceres y obligaciones diarias y cuando, en estas fechas, sentimos el descanso veraniego como algo un poco lejano y casi olvidado, sólo en esos momentos corremos el peligro de dejarnos invadir por las prisas y la monotonía del día a día.

Es entonces cuando se hace necesario más que nunca recordarnos a nosotros mismos que es importante parar y hacer un alto en el camino de vez en cuando, contemplar y saborear cada regalo que recibimos a diario. Es, quizás, la única manera de seguir firmes en la lucha contra las preocupaciones y problemas cotidianos.

Por este motivo, y teniendo en cuenta que el mes de septiembre es una buena fecha para calentar motores y tomar impulso, me viene a la memoria la convivencia que el Grupo Alborada de Cáceres quiso celebrar en esos días para preparar la vuelta al trabajo y a los estudios de la mejor manera posible.

Fue un para compartir la oración y la amistad, de risas y charlas distendidas y, en el que Dios fue nuestro punto de encuentro para volver a reunirnos y ayudarnos a trabajar unidos. Así lo quisimos vivir celebrando en primer lugar una Eucaristía, que nos ayudó a descansar de nuestros cansancios, preocupaciones y problemas, sabiendo que es Dios el que carga con todo ello a sus espaldas para aliviar nuestro sufrimiento.

También tuvimos oportunidad de disfrutar de una interesante reflexión que nos invitaba a no dejar de buscar a Dios en cada rincón de la tierra y en cada rostro de todo hermano con el que convivimos. Pero a veces nos cuesta encontrar algún signo o señal de su presencia, por lo que debemos permanecer bien atentos a cada dolor, a cada herida, pero también a cada sonrisa y a cada abrazo, porque en todo ello Dios se nos manifiesta a diario, de forma sutil y callada, sin presionarnos ni forzarnos, para que le podamos encontrar y amar con libertad.

Una estupenda y sabrosa comida puso el broche final a una jornada festiva en el que volvimos a aunar esfuerzos para iniciar un nuevo curso de compromisos y proyectos, donde nuestra fe y amistad compartida nos ayude a emprenderlos con el mayor de los éxitos.

Ahora que hemos vuelto de nuevo a la rutina diaria, ojalá nunca olvidemos que un encuentro tranquilo entre amigos unidos por la fe, donde las prisas deben quedar aparcadas y ser sustituidas por la alegría y el cariño, es, sin duda, la mejor medicina para combatir el tan temido estrés.

Blanca Murillo
Familia Pavoniana de Cáceres