Hoy, por última vez, estoy mirando el Belén. Afuera hace frío. En las calles las luces de colores que, durante días, han iluminado la ciudad se van apagando y la ausencia de su resplandor me anuncia el fin de las fiestas, la despedida de la Navidad.

Todo vuelve a vestirse de rutina, de normalidad. En mi mente se acumulan los recuerdos vividos durante todos estos días y, con cierta nostalgia, vuelvo a mirar el Belén representado. Pero ahora, delante de esas pequeñas figuras de plástico y, especialmente, al mirar a ese niño de escayola o de madera, me pregunto si habremos entendido realmente el auténtico significado de la Navidad.

En aquella historia no hubo luces ni bombillas de colores, ni tampoco existieron lujosos escaparates ni artículos de regalo. Tan sólo una cueva pequeña, estrecha y oscura, un buey, una mula, y entre las pajas, un niño pequeño muy pobre, muy sencillo y humilde.

Pero todos los que se acercaron a adorarle, entendieron que la pobreza y el frío, en aquellos momentos, no importaban, porque habían sentido en sus corazones el mensaje de amor y esperanza que aquel niño había venido a enseñar y, por ello, sonreían y cantaban felices.

Quizás nosotros, el grupo ALBORADA, hemos podido compartir esos mismos sentimientos, pues, a lo largo de nuestras actuaciones en diferentes lugares de la ciudad, en estas Navidades, hemos querido hacer realidad esa historia de amor y de fe que comenzó hace más de 2.000 años.

Y, de esta forma, con la ilusión de sentirnos mensajeros de esta gran noticia, quisimos abrir nuestro corazón a aquellos que ya casi lo han vivido todo, lo han esperado todo, y ahora han transformado su vida en un particular álbum de recuerdos. Han sido varias Residencias de Ancianos las que hemos podido visitar estos días para llevarles un mensaje de alegría y esperanza.

Por otro lado, de nuestra visita a las monjas del Convento de las Jerónimas también pudimos aprender a valorar el silencio y la oración. Quizás nuestras canciones se unieron a su constante plegaria y así, en este encuentro de fe y alegría, sirvió para agradecer a Dios el inicio de aquella historia de amor.

Y así, en cada nota musical y por todos los lugares a los que hemos acudido hemos querido demostrar que es posible vivir una Navidad sencilla y autentica, por encima del folklore y del consumo sin límites. Y, para ello, no hace falta llenar nuestras vidas de luces artificiales, de productos caros y artículos de regalo; no…es quizás todo esto lo que nos sobra para celebrar cada año la Navidad.

Tan sólo se necesita un corazón generoso, unas manos abiertas y una vida  dedicada a hacer felices a los demás. Porque sólo así podremos comprender la inmensa alegría de los primeros pastores, sólo así nuestros villancicos serán sinceros y aquel niño de madera, presente cada año en todos los hogares, dejará de ser un simple adorno más de la casa para convertirse en nuestro mejor compañero y fiel amigo, en nuestro mayor motivo para seguir viviendo.

Blanca Murillo
Familia Pavoniana de Cáceres