Ahora que el invierno ha hecho desaparecer todo rastro de primavera y que el frío del mes de Diciembre ha obligado a los árboles a desnudarse de todas sus hojas, es cuando viene a mi mente una pregunta: ¿cuándo es más hermosa una flor: en los meses de primavera, cuya explosión de colores nos ofrece una infinidad de variedades o en un ambiente gélido e invernal, en el que la presencia de una sola flor, aún pequeña e insignificante, aparece solitaria aferrándose fuerte a la vida y luchando por crecer en medio de un entorno duro y gris de cemento y asfalto?

Realmente pienso que es más fácil contestar como mejor y más hermosa la primera opción, pero también es cierto que es mucho más difícil apreciar la belleza individual de una única flor, al estar rodeada de infinitas a su alrededor. Sin embargo, a mí siempre me ha parecido un milagro encontrar en mi camino entre piedras, asfalto y altos muros la sorpresa de descubrir una flor solitaria en algún pequeño rincón de una fachada o entre la dureza de los adoquines. Son pequeñas estrellas de luz, alegría y esperanza en medio de un entorno frío, áspero y lleno de dificultades para su crecimiento. Por eso, su presencia tiene aún más mérito si cabe.

Esta reflexión me vino a la memoria hace unos pocos días, en nuestra fiesta de Navidad que cada año, por estas fechas, nuestro grupo Alborada comparte con los amigos de la calle.

Para alguien que no nos conoce, seguro se sentiría extrañado y me atrevería a decir, incluso “escandalizado”, por llamar “amigos” a unas personas cuyas duras condiciones de vida les obligan a deambular por las calles todo el día sin ocupación ni destino fijo, que a veces discuten entre ellos por asegurarse el mejor sitio delante de un supermercado o Iglesia para tratar de conseguir la limosna de ese día, o incluso el último trago de un litro de cerveza consumida entre todos, que huelen mal a menudo y conservan su ropa de una forma más o menos digna y que, si se acercan a la mayoría de la gente, recibirán con frecuencia una mirada de desconfianza y hasta de desprecio.

En cambio, para quienes están cerca de nuestro grupo y saben de nuestras inquietudes y preocupaciones, han podido ver entre nosotros a estas personas sin hogar de nuestra ciudad en medio de nuestras reuniones, nuestras celebraciones, e incluso disfrutando a nuestro lado de una divertida excursión o una rica comida. De hecho, es como si cada uno de ellos, con sus nombres y apellidos, formaran ya parte de nuestra gran familia pavoniana, pues han sido muchos recuerdos vividos a su lado, a lo largo de estos últimos años, lo que nos ha permitido establecer un hilo invisible de cariño y amistad entre ellos y nosotros, que justifica, sin lugar a dudas, el poder llamarles, alto y claro, “amigos”.

Al fin y al cabo, dicen que una auténtica amistad se forja de forma lenta, café tras café, abrazo tras abrazo y que conseguir la confianza de una persona no es algo inmediato, sino a fuerza de varios reencuentros, diálogos compartidos y lágrimas enjugadas.   

Así ha sido el largo camino de nuestra amistad con estos hombres y mujeres sin hogar, compartiendo con ellos, no sólo nuestros habituales ratos de charla y café en el Centro Hogar Ludovico Pavoni tres veces a la semana, sino también momentos de ofrecerles ayuda para gestionarles alguna prestación social, o acompañarles al médico o a las estaciones de tren o autobús para iniciar un nuevo viaje en sus vidas y una nueva oportunidad. También han sido muchas horas de sentarnos a su lado, escuchar sus preocupaciones cogiéndoles la mano o sonreír juntos tras sus logros y victorias.

El pasado 20 de diciembre llovía mucho en nuestra ciudad, hacía viento y bastante frío, excusas perfectas para estar tranquilos y cómodos bajo el refugio de nuestras casas o, en su caso, de cualquier rincón a cubierto de alguna calle de la ciudad.

Y, sin embargo, allí estaban todos, voluntarios y amigos de la calle, bajo el cobijo de una pequeña y estrecha habitación, cantando bien fuerte algún villancico previo a la próxima Navidad, degustando juntos unos ricos dulces y unos refrescos y, sobre todo, riendo, charlando, sonriendo y, en definitiva, disfrutando de ese mágico momento.

Y, ¿por qué ese momento fue “mágico”? Porque, al igual que es hermoso contemplar aquella flor única y solitaria creciendo en medio del duro asfalto o de la fría roca, también, sin duda, es un auténtico milagro y llena de emoción observar a todos estos amigos de la calle, apretados y juntos en una estrecha habitación donde nadie más cabía, brindar bien fuerte por la esperanza, por las ganas de seguir adelante y por la fuerza del amor, que todo lo puede.

Ellos, en aquel momento, se sentían felices y dichosos, por haber encontrado a nuestro lado una puerta abierta, un hombro donde apoyarse y unos amigos donde depositar todas sus dudas, sus miedos y compartir alegrías y confidencias.

Ludovico Pavoni nos lo enseñó en sus documentos, en su testimonio de vida y en sus imágenes: una entrega valiosa y generosa a nuestros hermanos más pobres se traduce en pequeños milagros de vida, en “flores entre el asfalto”.

Blanca Murillo
Familia Pavoniana de Cáceres