Al igual que un coche necesita cierto mantenimiento y llevarlo al taller cuando presenta cualquier problema en su funcionamiento, así nosotros necesitamos igualmente una puesta a punto cada cierto tiempo, para que podamos continuar levantándonos con la ilusión y las ganas del primer día.

De este modo, como cada septiembre, la Familia Pavoniana de Cáceres tuvimos el gran regalo y privilegio de volver a reunirnos después del verano para celebrar una convivencia de inicio de curso, en la que pudimos repasar, no sólo nuestras actividades, sino también el motivo que nos une y nos anima a permanecer juntos a pesar de los años.

Así, iniciamos la jornada en la capilla, pues todas nuestras actuaciones musicales, nuestras representaciones teatrales y nuestros encuentros de fiesta y amistad no tendrían sentido sin la fe que hemos alimentado en nuestro grupo de la mano de todos los hermanos pavonianos siguiendo el ejemplo continuo de P. Ludovico Pavoni.

De todos ellos hemos aprendido que cada día tenemos la oportunidad de ser las manos, la sonrisa y el corazón de Dios para tantos hermanos que sufren a nuestro alrededor y que, si permitimos que Él camine siempre a nuestro lado, nunca nos cansaremos ni nos sentiremos solos.

Y como guía para transmitir nuestra fe y nuestra ayuda, la carta del Padre Superior nos invitaba a iniciar este nuevo curso con fuerza renovada, con gran entusiasmo, con la confianza y esperanza siempre puestas en Dios, sabiendo que, si lo hacemos así, nunca podremos fallar, pues tendremos el mejor equipo.

¡Cuántas veces hemos intentado llenar nuestra mente, nuestro tiempo, nuestro corazón de tareas infinitas, cosas materiales y grandes deseos que ocupan muchas páginas de nuestras agendas, mucho espacio en nuestras casas y demasiadas horas que vienen a menudo disfrazadas de bienestar y felicidad! Y en cuántas ocasiones nos hemos dado cuenta al final que, a pesar de todo ello, nos sentíamos huecos y vacíos por dentro.

Pero una historia titulada “El pozo triste” nos ayudó a pensar que, quizás, deberíamos aprender a prescindir de tantas cosas y tareas que muchas veces nos agobian y limitan nuestras ganas de vivir mejor y que al final nos dejan apáticos y sin ilusiones.

Aprendimos que la vida es mucho más sencilla, pues hace falta un pozo bueno que nos transmita que no merece la pena vivir sin agua o llenos de cosas que nos impidan acceder a ella, ya que la esencia de todo pozo es ofrecer agua, al igual que el sentido de nuestra vida debería ser transmitir a los demás nuestra ayuda, esperanza y cariño, pues sólo así podremos sentirnos auténticamente realizados y felices.

Por ello nos tocaría a nosotros recargar nuestras pilas con la alegría que nos da la fe y la oración, primero para llenar nuestros propios pozos del manantial verdadero y poder así, después, regalar a manos llenas a los que nos rodean la esperanza y la entrega que hemos aprendido y que no podemos encerrar en nuestro interior.

Si dedicásemos tan sólo un rato breve de nuestras apretadas agendas a detenernos a meditar hacia dónde se dirige nuestra vida y lo mucho y bueno que aún podemos hacer cada día, seguro nos levantaríamos sonriendo cada jornada y viviendo con más intensidad cada uno de nuestros minutos.

Las bonitas canciones que escuchamos aquella mañana también nos ayudaron a convencernos de que merece mucho la pena vivir desde el agradecimiento por todo lo que tenemos y el convencimiento de que, con pequeños gestos cada día, podemos ayudar a transformar un mundo mejor a nuestro alrededor.

Quizás de ese modo, no tendríamos que celebrar otro “Día del Suicidio”, porque nadie se sentiría solo y abandonado ni tendríamos que ver cómo tantos hermanos nuestros vagan por el mundo lejos de sus familias, “hijos pródigos” de sus errores y equivocaciones por un pasado que les avergüenza y les duele.

Tenemos una gran responsabilidad por delante, transmitir la presencia de un Dios que es Padre y es bueno y que demuestra que nos quiere a través de nuestras manos, de nuestras palabras y de nuestro corazón.

¿Vamos a desaprovechar este fantástico regalo?

Blanca Murillo

Familia Pavoniana de Cáceres