Cuántas veces hemos compartido la expresión “¡qué rápido pasa el tiempo!, y con cierta nostalgia hemos deseado que la vida fuera un poco más despacio, que los días transcurrieran más lentos, que a veces pudiésemos estirar y alargar las horas de cada día…son tantas las actividades, tareas, obligaciones y planes de ocio que llenan nuestra agenda que a menudo vemos pasar los meses y los años con una cierta sensación de vértigo.

Pero, ¿realmente disfrutamos cada instante que vivimos? ¿Somos capaces de darle un sentido a todo lo que hacemos? Vamos siempre tan rápido a todas partes que se nos olvida pararnos, y consideramos “perder el tiempo” el hecho de aparcar el reloj para contemplar y saborear la naturaleza que nos rodea, disfrutar de una conversación sin prisas o hacer un examen de conciencia al final de cada día para aprender de nuestros errores.

El tiempo de Adviento es siempre una nueva oportunidad cada año para revisar nuestra vida y el uso que hacemos de ella. Por ello, algunos amigos de la Familia Pavoniana de Cáceres, en preparación a su fiesta más importante del día de la Virgen Inmaculada, disfrutamos de una jornada de amistad y convivencia para recordar esta reflexión: “ahora” siempre es el mejor momento, porque el tiempo no espera por nadie y, al igual que un río fluye sin parar su recorrido, nuestra vida sigue transcurriendo sin detenerse, por mucho que nos empeñemos en esperar a un futuro que no sabemos si llegará o no y a pesar de un pasado que deseemos recordar como un tiempo vivido mejor.

Dentro de muy poco tiempo estrenaremos una nueva agenda y en nosotros está la decisión de darle un nuevo sentido a cada una de las páginas en blanco que tendremos que ir escribiendo…porque, ¿y si en este nuevo año nos lanzásemos con valentía a recuperar aquel sueño que un día tuvimos y fue relegado por nuestras rutinas y obligaciones?, ¿y si por fin consiguiésemos decidirnos a buscar un tiempo en nuestro día a día para acercarnos más a Dios y dejarnos transformar por su mensaje de amor?

Que no nos pase como aquel hombre que decidió hacer una visita a un cementerio y se sorprendió por la cantidad de niños que habían fallecido en esa ciudad, sin entender que en aquellas lápidas figuraba sólo el tiempo en el que cada una de esas personas fallecidas había vivido con amor para los demás. Al fin y al cabo, es el regalo que Dios nos ofrece en cada amanecer, una nueva oportunidad para encontrar nuestra propia felicidad haciendo siempre felices a los demás, ya que…¿para qué sirve el mejor perfume si queda encerrado en un frasco? Así nosotros, ¿qué sentido tienen todos nuestros dones y cualidades si no los ponemos al servicio de los demás?

Aprendamos a pintar una obra de arte con nuestra vida utilizando el pincel del tiempo para crear una paleta de colores con cada una de las horas de cada día, y sólo así podremos llegar al final habiendo dibujado un cielo al que puedan mirar todos aquellos a los que pudimos ayudar a ser un poco más felices.

Blanca Murillo
Familia Pavoniana de Cáceres