La madrugada del pasado 13 de abril algunos amigos del Grupo Alborada participamos, como cada año para iniciar la Semana Santa, en el tradicional Vía Crucis que organiza anualmente la Comunidad Pavoniana de Cáceres.
Desafiando al cansancio y a la pereza, nos reunimos al inicio del camino hacia el Santuario de la Virgen de la Montaña dispuestos a compartir un rato de oración en medio de la noche y el silencio.
En nuestro recorrido nos íbamos parando en cada una de las cruces que componen este Vía Crucis, escuchando una reflexión de cada momento que vivió y sufrió Jesús hasta llegar a su muerte, y en cada una de estas paradas también una oración por toda la gente que hoy sufre igualmente de desprecio, rechazo y humillación.
Poco a poco, y a medida que pasaba el tiempo, la subida se iba haciendo más cuesta arriba; así ocurre también en nuestra vida en muchas ocasiones, en las que la cruz de nuestros problemas, fracasos, decepciones y nuestra falta de fe nos lleva a mostrarnos a veces tristes y agobiados.
¡Cuántas veces hemos subido por este mismo camino distraídos o preocupados, sin percatarnos siquiera de la presencia de cada una de las cruces que hay a cada lado!

Al fin y al cabo, éstas son sólo cruces inertes, de piedra, sin sentimientos. Sin embargo, ¡qué error más grande el nuestro cuando no sabemos acompañar a tantas personas que ya no son capaces de cargar con la cruz que llevan a cuestas!
Son personas que, desde hace mucho o poco tiempo, se han visto obligadas a arrastrar una cruz, a menudo, demasiado pesada y asfixiante.
Una vez más, este año una idea ha golpeado duramente nuestra conciencia mientras íbamos rezando en mitad de la noche: ¡cuánto nos hubiese gustado haber podido ayudar a arrastrar y levantar la cruz de Jesús en aquel momento! Y decimos a menudo: ¡si yo hubiera estado allí…yo le hubiera ayudado y, quizás, no habría sufrido tanto!
Sin embargo hoy, en nuestros días, aún son muchas las lágrimas que podemos limpiar, muchos los corazones solitarios que nos piden a gritos un poco de nuestro cariño y comprensión, porque son aún demasiadas las personas que, ahora, en nuestro tiempo y a nuestro lado, están esperando nuestra ayuda y nuestra sonrisa.
Y eso es lo que Jesús nos pide: ya que no pudimos estar a su lado aliviando un poco su sufrimiento, hagámoslo ahora con tantos hermanos nuestros que sufren y esperan en soledad una mano amiga.
Blanca Murillo
Familia Pavoniana de Cáceres



