Hay dos actitudes ante el nuevo año: esperar o hacer. La mayoría de la gente opta por “esperar” algo. Tienen la ilusión de que el nuevo año les traerá suerte y por eso preparan esa fiesta todos los 31 de diciembre, con las consiguientes costumbres de siempre: meter un anillo en la copa de cava para que te traiga suerte, llevar algo rojo pegado a la piel como forma mágica para atraer el amor, cambiarse el reloj de muñeca para ahuyentar malos espíritus, y todas las técnicas y estrategias posibles para producir un repentino cambio de vida, pero a mejor.
Este amplio grupo de personas considera que se debe “esperar” algo, más que “hacer” algo. Y esa inoperancia es un camino sin retorno. Delegan la posibilidad de ser felices al “destino”, a la última moda televisiva o a la astrología. Y, claro, con esa actitud mental es muy fácil repetir, cada año, y por estas mismas fechas, ese ritual que nos conduce al estatismo vital. Y así pasa la vida, esperando a que pase algo que no terminará de pasar, porque no somos capaces de hacer nada para que pase.
Sin embargo, hay otra actitud que es la de “hacer”. Dios nos regala todos los días un crédito en forma de tiempo de 24 horas. Si nos limitamos a dejarnos vivir, estamos perdidos. Pero si despertamos y tomamos la decisión de asumir nuestra propia responsabilidad, entonces sí estaremos empezando realmente a disfrutar de la vida. Es absurdo prometernos que mañana seremos mejores si hoy ya no intentamos serlo. El ayer es historia y el mañana un misterio, sólo tenemos el hoy para construir el futuro. Es imposible volver al pasado ni se puede anticipar el futuro. Sólo podemos vivir el ahora.
Ya sé que es más atractivo pensar que “el destino” nos traerá una gran sorpresa, y positiva, que nos cambiará la vida como si de un acto mágico se tratara. Ya sé que es más cómodo “esperar” el milagro que suponga un nuevo rumbo de nuestra existencia, y que es más gratificante comprar un décimo de lotería que nos hará millonarios…pero esa es la actitud pasiva y un tanto cobarde ante la vida.
No hay nada que esperar. El año próximo viene con 365 días en blanco por gastar. De cada uno de nosotros depende cómo se distribuirá cada minuto de nuestra vida, con quién y en qué. De cada uno depende, en buena medida, la capacidad de crecer en felicidad, y de compartirla con los demás.
No hay nada que “esperar” del nuevo año, ya que todo está “por hacer”. No hay que tener miedo a una agenda aún en blanco, ya que cada día puede dar mucho de sí.
Por tanto, lo que deparará el nuevo año dependerá más del “hacer” que del “esperar”, de modo que un día, al mirar atrás, puedas sentirte orgulloso, ya no de haber añadido años a tu vida sin más, sino de haberlos disfrutado con auténtica ilusión y pasión.
Blanca Murillo
Familia Pavoniana de Cáceres



