Quedaban dos trozos de pan que aún estaba seco y no se habían comido los gusanos. Llevaban andando varios días bajo una lluvia torrencial, huyendo de la guerra. Lejos de lamentarse porque el camión no llegara, animó a los chicos a seguir caminando. “Contemos las gotas de lluvia que caigan sobre cada uno” , propuso Ludovico. “Una, dos,…, veinte, veintiuna,…” gritaba Giorgino. Las voces de los pequeños se iban silenciando poco a poco, pero Ludovico insistía. “Quinientas una, quinientas dos,…” Marco, el más pequeño todavía no sabía contar y Ludovico contaba por él. “¿Sabéis que cada gota de lluvia que cae del cielo es una caricia de Dios?” Todos miraban a Ludovico con extrañeza y pensaban que se estaba burlando de ellos. “No es broma. Mirad, cuando hace frío en invierno, el vaho que sale de nuestro cuerpo sube al cielo y allí los ángeles lo reciben y guardan en el archivo celestial que Dios tiene de cada uno. Así, cuando llueve, Dios pide a los ángeles que traigan el vaho registrado en los archivos y antes que los ángeles lo devuelvan a la tierra, los acaricia suavemente. Por eso, cuando el agua cae en la tierra, crecen las flores y surgen los ríos. ¿No sentís la caricia de Dios cada vez que os cae una gota de lluvia? Sentid su caricia, hijos míos, sentidla”.
A lo lejos vieron una luz encendida. Ludovico gritó: “hemos llegado.” Empapados de caricias, nadie quiso acercarse al fuego de la chimenea. Extrañado por la resistencia de los niños, uno de los religiosos preguntó a Giorgino por qué no quería secarse y el pequeño Marco que escuchaba contestó con una sonrisa: “Si nos secamos, perderemos las caricias de Dios.”
A San Ludovico Pavoni y a sus caricias.
Paco Delgado
Fuente: Blog de Paco



