Con el tiempo de Adviento recién estrenado y la fiesta de la Inmaculada a punto de celebrarse, era necesario parar nuestros relojes, dejar una página en blanco en nuestras agendas completas de actividades y obligaciones y dedicar una mañana a preparar nuestros corazones para la Vigilia de la Inmaculada, que estamos próximos a celebrar, tal como han hecho desde siempre todos los pavonianos, que animaban a sus chavales a saludar a la Virgen Inmaculada y poner todas sus actividades y preocupaciones bajo el manto de su protección.

¡Qué bonito es sentirse queridos y seguros en nuestros peores momentos de dudas o cuando nos falta un abrazo!.

María, sin duda, es nuestra mejor compañera de camino, como ya lo fue de la vida de Jesús y sus discípulos. En aquella boda en la que faltaba el vino y la duda y la preocupación amenazaba con arruinar la fiesta, ella ayudó a recuperar la alegría y la esperanza de nuevo a todos los invitados.

Así ocurre a veces en nuestra Familia Pavoniana, ya que la rutina y los posibles malentendidos y conflictos entre nosotros pueden hacernos perder el vino bueno de la ilusión y el entusiasmo y hacer peligrar nuestro futuro juntos.

Con la parábola del hijo pródigo aprendimos que es mejor estar todos unidos, disculpando cada error y cada herida. Quizás debemos mirarnos primero a nosotros mismos antes de juzgar a los demás, para poder mejorar nuestro entorno, pues sólo así conseguiremos hacer un mundo mejor de verdad.

De ahí que sea fundamental la oración, el pararse cada día unos minutos a calmar nuestras aguas agitadas y turbulentas, movidas por el estrés y las preocupaciones de cada día, que nos impiden ver nuestro propio reflejo y darnos cuenta de todo lo que nosotros mismos debemos y podemos mejorar a nuestro alrededor.

Es también la oración la que, sin duda, nos invitará a acercarnos a cualquier persona a la que podamos ayudar, independientemente si nos resulta agradable o no, como en aquella historia que escuchamos en la que un hombre se empeñaba en rescatar un alacrán que se estaba hundiendo en el agua y continuamente era dañado por el animal, hasta que decidió proteger su mano con un pañuelo para evitar sus picaduras. No debemos olvidar que la naturaleza del alacrán es picar para defenderse, así la nuestra siempre debería ser la de ayudar, sin mirar la condición de la persona que lo pueda necesitar.

Y, para poner en práctica todo lo que estábamos aprendiendo en este día de convivencia, hicimos una dinámica por grupos, para reforzar el trabajo en equipo entre todos nosotros.

Se trataba de ir leyendo juntos diferentes carteles con reflexiones sobre la necesidad de pedir perdón y perdonar, buscar la propia felicidad en la alegría de los demás y no perder nunca el rumbo de la fe y esperanza que nos permita vivir con más ilusión y entusiasmo.

De las frases que a cada grupo más les había gustado, se elaboraron diferentes carteles con las conclusiones finales, que al final de la mañana presentamos en la capilla, rezando juntos para poder llevar a nuestra vida diaria estas bonitas reflexiones y no olvidar nunca que: “el perdón nos regala la paz y el amor”.

Blanca – Familia Pavoniana Cáceres